
Se encontraba parada en el andén de la estación, con las maletas en las manos. Estaba aturdida por el camino que había recorrido en el tren, había sido un trayecto muy largo, con muchas paradas. Siempre le había encantado montar en tren con gente que apreciaba.
En aquel momento al bajar del tren recordó aquella primera vez que montó en el AVE, esa sensación de velocidad por la que creía que podría ganar al tiempo en su diadelo interminable. Pero era una utopía al tiempo no hay quien le gane, cuanto más terreno crees haberle ganado más tempo has perdido. Pero ella sabía que el tiempo tampoco era importante.
Miró a ambos lados del andén y allí encontró sus ojos verdes clavados en ella, con aquella sonrisa inconfundible. El brillo de su mirada le trajo a la mente la primera vez que se cruzaron sus miradas. Un tierno beso en la mejilla que le trasladó a la primera puesta de sol, juntos en aquella enorme roca viendo como el día dejaba paso a la oscuridad, resistiéndose con su juego de luces.







